27 ene. 2013

recuerdos...finales y comienzos


-“te quiero”-



   Abrió los ojos en mitad de esa niebla que nos inunda cuando despertamos de una noche agitada. Luchó con el sueño para terminar de abrirlos y enfocar el techo de la habitación. En el descubrió dos tímidos rayos de sol que se colaban entre las laminas de los estores y  jugueteaban a perseguirse alrededor de la lámpara de papel que colgaba del cable. Giró la cabeza hacia la izquierda y el reloj le hizo saber que eran las diez de la mañana. A su lado un vaso de agua permanecía  igual de vacío que la noche anterior, y que la anterior. Volvió a posar la vista en el techo y se frotó los ojos con ambas manos para intentar hacer desaparecer la bruma que entorpecía su vista. Esta vez giró la cabeza hacia la derecha y la vio, sentada a su lado con la espalda apoyada contra el cabecero de la cama. Lo primero que vio fueron sus piernas, aquella bronceada piel que tantas veces había recorrido. Lo único que llevaba puesto era aquel camisón que tanto le gustaba, el morado con unas sutiles transparencias a la altura de sus firmes pechos. No iba maquillada, no le hacia falta. Era perfecta en su naturalidad, con el pelo dorado cayéndole sobre unos hombros tomados por esas pequeñas pecas que le daban un aire juvenil.

-          Buenos días dormilón –su voz lo acarició por dentro y por fuera-, cada día duermes mas.
-          Será  porque cada día tengo menos cosas que hacer…
-          ¿Cómo que tienes menos cosas que hacer? –era como si supiera lo que iba a decir a continuación y no quisiera escuchárselo decir-. A mi me parece que tienes un montón de trabajo por delante.
-          Pero no es justo…
-          Hay muchas cosas que no son justas –tampoco le dejó terminar en aquella ocasión-, y ¿quieres que te diga lo más injusto de todo?

Mikel no quería que su mujer acabara aquella frase. Sabía de sobra que era lo más injusto y le dolía que fuera precisamente ella quien tuviera que recordárselo. Se apoyó en los puños cerrados para incorporarse y acercarse a su cara para besar aquellos labios que tantos amaneceres habían compartido con los suyos. Solo beso aire, aire que daba forma a aquellos labios de los que tantos “te quiero” había escuchado, pero solo aire al fin y al cabo. La dura realidad lo aplastó, apoyó la espalda contra la pared y metió la cabeza entre las manos.

-          Lo más injusto es que ellos tengan que pagar por tu tristeza –Mikel se hundió un poco más, o probablemente lo hubiera hecho si le resultara posible-. Tienes una responsabilidad que yo no puedo compartir contigo ya, pero ellos te necesitan.
-           Lo sé, lo sé –había cosas que no cambiarían, y ella siempre tenía razón-… lo sé. Pero yo también te necesito a ti y ahora ya no te tengo. Eso tampoco es justo.
-          Claro que no es justo, pero aun los tienes a ellos. Y ellos te tienen a ti, y te necesitan ahora más que nunca.
   >>escucha cariño, nada de esto es justo, pero sabias que podía pasar. Los dos éramos conscientes cuando todo esto empezó que era una posibilidad. ¿Recuerdas todos los buenos momentos que pasamos gracias a que decidimos no ceder ni un segundo ante la tristeza y la pena? Esos buenos momentos son los que tienes que recordar, los que tienes que tener presentes a la hora de tirar para delante. Sé que tampoco es justo que te diga todo esto, pero tienes que olvidarte de toda esa tristeza y dejar a un lado la pena para poder vivir momentos tan maravillosos como esos con nuestros hijos. Ellos se lo merecen tanto o más de lo que los merecía yo, seguramente ellos lo hayan tenido peor para hacerse a la idea de que un día no estaría con ellos. Y ha sido tan pronto…  puede que no tenga derecho a pedirte esto, se que ahora mismo lo estas pasando muy mal, pero necesito que lo hagas por mí, cariño –acercó la mano hasta casi tocarle la cara y la movió acariciando el aire que rozaba su mejilla-, necesito que cuides de ellos por los dos<<
-          Tienes todo el derecho del mundo cielo, me hiciste el hombre más feliz del mundo, es lo mínimo que puedo hacer –se levantó de la cama, se colocó un albornoz y se acercó a la cómoda de cinco cajones de color ceniza que estaba junto a la puerta-. Perdóname si no te dije que te amaba con locura en más ocasiones, pero sabes que era así. Sabes que siempre será así.
Tomó el marco que descansaba sobre una de las esquinas de la cómoda, acarició la cara de su mujer y lo besó a través del frio cristal. Devolvió la fotografía a su sitio y salió de la habitación para dirigirse a la cocina.



-“te necesito”-



    La puerta del cuarto de sus padres al cerrarse lo había despertado de un sueño intranquilo.  Desde hacía un par de días le resultaba complicado dormir toda la noche de un tirón. Cuando se despertaba a mitad de la noche encendía la play station y se ponía a jugar para intentar despejar la cabeza  y, con un poco de suerte, conseguir que el sueño regresara a él. En menos de media hora los ojos comenzaban a ponérsele rojos y a cerrarse de cuando en cuando, incluso hubo una mañana en la que despertó con el mando entre las manos. Se levantó de la cama y encendió el sistema de sonido de su iPod. Su mano acaricio mecánicamente la ruleta táctil hasta llegar a la lista de reproducción que buscaba. Entró en la carpeta y buscó entre las más de cuarenta canciones de hip-hop que tenia almacenadas en aquella lista la que quería escuchar. Era un tema llamado “debido al olvido”. Pulsó el play y se sentó en la cama a esperar las primeras notas de la base de piano que conducía la canción. Se miró en el pequeño espejo que colgaba de la pared del cabecero, tenía el pelo corto y negro completamente despeinado. Una delgada línea morada comenzaba a adornar la parte baja de sus ojos marrones debido al poco tiempo que descansaba. Aitor puso una mano entre su reflejo y él en el justo instante en el que las rimas comenzaban a acompañar la melodía creada por el piano y la percusión. Cuando se giró la vio sentada en la silla de ruedas que estaba junto al escritorio. Llevaba el palestino que el mismo le había regalado, siempre le echaba en cara que vestía demasiado serio como para ser su madre, y desde que se lo regaló ella aprovechaba cada oportunidad en la que el trabajo no  le obligaba a llevar traje para ponérselo con una camiseta ancha y unos pantalones vaqueros.

-          Buenos días cariño –le dijo con la misma voz con la que le despertaba cada domingo para desayunar, aquella voz que lo hacía sentirse un niño pequeño a pesar de sus quince años-, veo que esta noche apenas te has despertado.
-          He tenido una pesadilla –Aitor comenzó a vestirse evitando mirarla a los ojos.
-          ¿Qué te pasa hijo? –se puso en pie y dio un paso hacia el-, ¿estás bien?
-          ¿Cómo quieres que este? –no pudo evitar el tono de reproche, se arrepintió al momento y un extraño sentimiento de vergüenza lo recorrió de arriba abajo-, lo siento… yo… te necesito mama –aquellas palabras se le atragantaron.
-          Sshhhh… -se había sentado sobre la cama y con una mano le hacía gestos para que se sentara junto a ella-, no me necesitas desde hace mucho cariño. Mírate, te has hecho todo un hombre. ¿Sabes qué? Tengo que reconocer que tuve mucho miedo de hablarte de mi enfermedad. Daba por hecho que María no entendería demasiado bien lo que me pasaba, pero tú… ya no eras ningún niño, y hoy en día es muy sencillo informarse sobre cualquier cosa en internet… pero decidí que debías saberlo.
   >>y no me equivoqué. Fuiste un gran apoyo para mí desde el principio. ¿Sabes que tu padre tardó un par de días en asimilar todo aquello y que hasta ese momento cada vez que hablaba conmigo tartamudeaba? Pero tú no, tú te levantaste, me abrazaste y me dijiste que me querías. Aquel día no lloraba por el miedo a perderte, si no por ver como mi pequeño se había convertido en todo un hombre delante de mis ojos. Ahora tienes que ser más fuerte que nunca, tienes que ayudar a papa a cuidar de María. Ya sabes que siempre ha sido un poco desastre, y ahora que no estoy yo… me temo que como te descuides alguna noche cenareis una tortilla de patata con crujiente de cascara de huevo…<<

-          Jajaja –el sonido de su risa lo extrañó tanto que se tapó la boca con la mano-, como aquella  vez que se le olvidó quitarles el plástico a las lonchas de queso antes de ponerlas sobre las hamburguesas de la barbacoa…
-          Eso es –la sonrisa de su madre siempre había sido un refugio para él, por muy mal que le hubiera salido el examen de ese día, o después de perder la final del último campeonato de futbol, su sonrisa siempre estaba esperándolo-, hazlo por tu hermana, la pobre lo quiere tanto que se comería las margaritas del campo si tu padre las cocinara…

Aitor volvió a reírse, acarició la colcha que estaba bajo la mano de su madre y se puso en pie. Le dirigió una última mirada a la foto hecha poster que adornaba el cacho de pared junto a la ventana. Su Madre lo sujetaba en brazos, cuando él era aun un bebe, y sonreía mientras el agarraba uno de sus dedos.



-“te echaré de menos”-



    María llevaba un rato despierta, había escuchado a su padre bajar a la cocina y ahora oía la música que salía de la habitación de su hermano mayor. Los rizos rubios le caían sobre los ojos, por lo que no paraba de apartárselos para poder ver la hoja en la que estaba pintando. Era el segundo dibujo que hacia aquella mañana. Últimamente se pasaba pintando mucho tiempo. Papa estaba casi siempre fuera de casa, y cuando volvía ya no hacia bromas, ni se reía cuando le contaba un chiste. Solo la miraba, se paraba delante de ella, la cogía por los brazos y la levantaba hasta que las puntas de sus narices se tocaban y la abrazaba fuerte contra él. A veces veía como una gota le caía por la mejilla mientras la miraba, pero siempre que eso pasaba su padre se daba la vuelta y salía de la habitación. Pasaba casi todo el día con Aitor, pero el también estaba triste. Ya no jugaba con ella a construir castillos con cajas y cojines, ni bailaba cuando aparecía en su habitación con su radio rosa y el CD de los payasos de la tele. Por las noches, cuando papa terminaba de recoger los platos de la cena y se ponía a ver la tele, ellos dos subían a su habitación y Aitor le hablaba de mama hasta que se quedaba dormida. Echaba de menos a su madre. Llevaba cuatro días sin verla. Papa le había dicho que tenía una enfermedad muy mala que no se podía curar, que se había marchado lejos y ahora no podía verla. Pero que su madre siempre estaría vigilándola.

-          ¿Es verdad lo que dice papa? ¿no voy a verte más mama? –se giró para quedarse frente a su madre.
-          Si princesa –la llamó con la mano para que se sentara en una de las pequeñas sillas que había en un rincón del cuarto-. Mama ya no puede estar contigo, pero siempre te estaré viendo, siempre estaré pendiente de mi niña bonita.
-          Entonces –la cara de la pequeña reflejaba su confusión-, ¿ya no tengo mama?
-          Claro que tienes mama –hizo aquel gesto que tanto repetía para apartarle aquel rizo rebelde que se abalanzaba sobre uno de sus ojos negros-, mama siempre estará en tu corazón.
   >>veras princesa, hay veces en las que las personas se ponen malas. Por eso vamos al médico, para que nos diga como curarnos. Pero hay enfermedades que no se pueden curar y entonces las personas se van para no volver. Papa y Aitor están tristes por eso, y hay veces que esa tristeza hace que la gente tarde en volver a ser como era. Pero tranquila, seguro que tú los haces reaccionar rápidamente. Mi niña es la más lista del mundo. ¿Recuerdas cuando tu hermano se puso triste porque su novia ya no era su novia? Pues esto es algo parecido. Cuando alguien a quien queremos se marcha nos duele el corazón, pero eso se pasa. Por eso ahora tienes que darles mucho cariño a papa y a tu hermano. Necesitan que alguien les recuerde que hay que reírse para ser feliz. ¿Lo harás, verdad cariño? Claro que sí. Si tu hermano no se ríe… ¡ya sabes que tiene cosquillas en los pies! Y papa… nunca ha podido evitar reírse cuando le das uno de esos besos de vaca tan famosos<<

-          Tranquila mama –dejó una de sus muñecas en la silla en la que se sentaba su madre a tomar café con ella en sus pequeñas tazas de plástico-, yo haré que se rían. Te quiero, ¿Te acordaras de mi, verdad?

Le dio un beso en la frente a la muñeca, alisó su vestido y bajó a la cocina para desayunar.


-“adiós”-


   Era un día normal en una ciudad normal. Una mañana más en un barrio más. Los primeros rayos de sol bailaban entre las copas de los arboles cuando mientras los pájaros llenaban las primeras horas del día con sus cantos.
Mikel sirvió el desayuno para sus dos hijos mientras Aitor ayudaba a su hermana pequeña a subirse a la silla. Era la primera mañana desde que su mujer muriera en la que no colocaba cubiertos para cuatro. Las últimas tostadas saltaron de la tostadora y las acercó en un plato al centro de la mesa.

-          Mama me ha dicho que tenéis que reíros mas –la frase descolocó a su hermano y a su padre-, así que voy a ser la policía de la risa.
-          ¿La policía de la risa? –su padre miraba a su hermano y este le devolvía la mirada, como si todos compartieran un secretos sin saberlo-, ¿y eso que es?
-          Pues es una policía que detiene a los que no se ríen y les pone multas.
-          Pues entonces me parece que tendremos que reírnos papa –Aitor no lo dudó ni un momento, una vez más su hermana era la más sabia-, yo al menos no tengo dinero para pagar multas.

Todos rieron, juntos. Y sin que el resto lo supiera todos se despidieron de aquella persona tan importante que se había marchado antes de tiempo. Aquel día un final, un “adiós”, se convirtió en un comienzo.

Alguien dijo en una ocasión que no morimos del todo mientras exista alguien que nos recuerde.

6 ene. 2013

Capitulo 1


El tren entró en un túnel y las luces del vagón parpadearon un instante antes de encenderse y bañar con su blanca luz los reposacabezas de los asientos. Apenas quedaban media docena de asientos ocupados, y los pasajeros se habían dispersado haciendo uso de todo ese espacio vacio dejado por los pasajeros que ya habían alcanzado su destino. Un joven de unos veinticinco años dormitaba con las piernas sobre el asiento que tenia delante mientras una pareja se afanaba en demostrarse su amor aprovechando la intimidad con la que contaban gracias a las tres filas de asientos que los separaban del pasajero mas cercano, un hombre de pelo cano que parecía de lo mas entretenido con su tablet. Dos asientos a la derecha del hombre canoso y su tablet una madre intentaba mantener en su asiento a una niña cada vez mas ansiosa por llegar a donde quiera que se dirigieran, y detrás de ellas viajaban lo que parecían ser dos estudiantes extranjeros de vacaciones.
Nes había escogido uno de los cuatro asientos de las esquinas, el más alejado de los dos tortolitos,  para recorrer el último tramo del viaje. Nunca le habían gustado demasiado las aglomeraciones, y durante más de la mitad del trayecto aquel vagón había estado más lleno de lo que le hubiera gustado. Pero ahora el silencio volvía a acompañarla, y esa sensación la reconfortaba extrañamente. Se frotó los ojos para deshacerse del cansancio que comenzaba a adormilarla y se levantó para ir al baño. Avanzó entre las filas de asientos apoyando las manos en los reposacabezas para no perder el equilibrio con el contoneo del tren sobre los raíles y salió al pequeño descansillo en el que se unían los vagones. Uno de los dos servicios estaba ocupado, así lo hacia saber el color rojo de la ruleta que se encontraba bajo el picaporte, de modo que se giró para entrar en el otro. Abrió la puerta en el mismo instante en el que el ocupante del otro baño hacia lo mismo y justo en el momento en el que comenzaba a cerrarla un golpe a su espalda la abrió de nuevo y la empujó contra el lavabo. La puerta se cerró rápidamente y cuando intentó darse la vuelta para descubrió  que no estaba sola. Su mano derecha echo mano de una pistola que no llevaba encima, y se maldijo por haberla dejado en el maletín que descansaba al fondo de una de sus maletas. Unas manos sujetaron sus hombros impidiéndole darse la vuelta y quien quiera que estuviera tras ella se encargaba de que su rostro no se reflejara en el espejo contra el que la empujaba. Se retorció e intentó lanzar un par de codazos a las costillas de su atacante, pero fueron en vano. Las manos se desplazaron ágilmente hasta sus muñecas y con un rápido movimiento se las separó para apoyarlas contra la pequeña encimera del lavabo y lo siguiente que notó fueron unos labios en el lóbulo de su oreja, unos cálidos labios que dejaron paso a una lengua que descendió hasta su cuello. Aquello hizo que el temor comenzara a diluirse gracias a una cálida sensación que comenzaba a subirle por el vientre. No sabía como había sucedido, ni cuando, pero una de las manos que sujetaba sus muñecas subía ahora lentamente hacia sus pechos. Tardó apenas dos segundos en retomar el control de su excitado cuerpo y darse cuenta de lo que en realidad estaba sucediendo. Respiró profundamente, mientras aquella mano se afanaba en desabrocharle la blusa, y el olor que le inundo las fosas nasales, dulce como una gominola de mora, confirmó lo que sospechaba.

- No deberías acercarte así a un policía –dijo suavemente mientras giraba su cuerpo y ponía contra la puerta a Ángela- . Si no fuera porque reconocería esa colonia en cualquier parte…-dejó de hablar para saborear de su propio cuello aquella fragancia.
- Lo se –no fue mas que un susurro cortado por un pequeño suspiro-, pero no podía esperar hasta que llegaras, y pensar en hacer esto me excitaba muchísimo.
Le levantó las manos por encima de la cabeza y dejó que  sus dedos bajaran acariciando suavemente la piel de sus brazos mientras sus bocas continuaban en un baile frenético. Dejó una mano allí, apresando las muñecas de Ángela contra el frio metal de la puerta mientras la otra agarraba su pelo para ladearle la cabeza y dejar su cuello al descubierto. Se recreó en el, lamiéndolo hasta desgastar su sabor, mordisqueándolo delicadamente y pegando sus labios a el para reclamarlo como suyo. Notaba el pulso de Ángela acelerarse a través de la piel de su yugular, como sus manos luchaban por quedar libres y sus caderas se contoneaban para intentar encontrarse con su cuerpo. Bajó la guardia por un momento y ella lo aprovechó para intercambiar posiciones. Ahora eran las manos de Nes las que permanecían atrapadas, ancladas contra la pared a la altura de su cintura mientras los labios de Ángela comenzaban una lenta peregrinación desde sus húmedos labios hasta su pecho. Los tres primeros botones del la blusa habían saltado en el primer forcejeo por lo que los pechos de Nes solo quedaban cubiertos hasta la mitad por la blanca tela del sujetador y la lengua de Ángela parecía empeñada en llegar aun mas allá. Nes agachó la cabeza para intentar aferrarse a sus labios pero solo encontró aire. Había conseguido desabrocharle dos botones más de la blusa y bajar el sujetador lo justo para que sus pezones quedaran al descubierto. Su lengua juguetearon con ellos hasta conseguir ponerlos bien duros, notaba sus dientes dándole pequeños bocados que la obligaban a morderse el labio para no gritar. Tenía las manos libres desde hacia algún rato ya y solo pudo posarlas sobre el oscuro pelo de aquella cabeza que no dejaba de bajar mas y mas, de lamer con mas y mas ímpetu, de besar con mas y mas pasión a cada centímetro de piel que devoraba con su boca. Cuando quiso darse cuenta tenia los pantalones a la altura de los tobillos y aquellos carnosos y calientes labios se abrían paso hacia sus ingles ayudadas por unas manos que separaban sus muslos fuertemente. Poco le costó llegar allí donde Nes sentía un calor tan intenso que parecía consumirla por dentro. Ángela hacía y deshacía a su antojo, sus manos iban y venían de sus muslos a su culo y comenzaba a notar las pulsaciones de su amante en la lengua mientras dibujaba círculos a lo largo de  ambos muslos.
El calor comenzaba a hacer que el espejo del pequeño baño se empañara y que el sudor de Ángela se pegara al cuerpo desnudo de Nes. Las caricias recorrían ambos cuerpos, los besos cubrían cada palmo de piel y las lenguas describían giros inesperados en el ombligo para ir en busca de ese gemido que uniera sus placeres en un mismo orgasmo. Las manos de Ángela se encargaron de desempañar el espejo al obligarla Nes a inclinarse sobre él. Se colocó detrás de ella y pegó sus muslos a aquel culo que la volvía loca. Su tacto suave la aceleraba y hacia crecer sus ganas de oírla gritar, de verla tensarse de placer. Acarició su espalda, comenzando en su cintura y terminando en la nuca y deshizo su camino para terminar agarrando su culo y apretándolo de tal manera que Ángela tuvo que ponerse de puntillas. Separó sus muslos y pasó uno de sus brazos entre ellos para sentir toda su humedad, para notar como enloquecía con cada nueva pasada de los dedos por su clítoris. El movimiento del tren era más notable en aquellas zonas que servían de unión entre vagones, justo donde se encontraban los servicios, por lo que el movimiento de sus dedos era aun más fluido. No dejaba de penetrarla con sus dedos, de hacer que sus piernas se tensaran a medida que la mano se le mojaba más y mas. Ángela no tardó en explotar en un orgasmo que sin lugar a dudas se habría escuchado en los vagones adyacentes, hecho que excitó aun mas a Nes. Giró a su amante agarrándola de la cintura y cortó sus jadeos con un beso que la hizo estremecer, la apartó y se subió a la encimera del lavabo apoyando uno de los pies sobre la pared y ofreciendo todo su cuerpo a Ángela. Esta no tardó en aceptar semejante bocado y tras pasar la lengua por sus labios en busca del sabor de la boca de Nes se arrodilló frente a ella y posó la suya en su muslo. Comenzó a morder, primero inocentemente, hasta llegar a hacerla soltar un discreto grito, mitad placer, mitad dolor. Nes separó su cabeza y la miró a los ojos mientras ella dejaba asomar una sonrisa de lo más perversa. Agitó la cabeza para deshacerse de las manos que la sujetaban y la hundió en su entrepierna haciendo que sus manos se aferraran con fuerza a la encimera. Su lengua se movía increíblemente rápido en su interior, llenando sus ingles de una humedad que Ángela no dejaba de saborear. Intentó levantarla, quería besarla y notar el calor de esos carnosos labios, pero ella no estaba por la labor y consiguió separar sus manos para que la dejara hacer. Las contracciones no tardaron en aparecer en su vientre  y poco después un intenso orgasmo sacudió todo su cuerpo provocando que su espalda se arqueara.

- Debemos de estar llegando a Vitoria –le dijo mientras intentaba que las piernas no le fallaran al bajarse del lavabo-, tengo que coger mi equipaje.
- Mmm… seguro que me da tiempo a hacer que tiembles otra vez antes de que anuncien la parada –Ángela se había enroscado a su cintura y besaba su cuello.
- No empieces –la detuvo con un beso inocente-, me están esperando en la estación. No deberías haber venido, sabes que podríamos meternos en un lio si Roberto o cualquier otro llegara a descubrirnos.
- Lo sé, lo sé –dijo en el tono más aburrido que pudo-. Pero reconoce que has disfrutado. Espero verte pronto.
Se despidió pasando la lengua a lo largo de sus labios y salió del servicio, no sin antes comprobar que no hubiera nadie fuera.
Nes se recompuso lo mejor que pudo e intentó peinar la maraña de pelo pelirrojo con sus dedos. Se lavó la cara para rebajar la temperatura corporal y se llegó a su asiento justo a tiempo para ver como el tren entraba en la estación de Vitoria. Las imágenes del encuentro con Ángela no se le iban de la cabeza. Estaba casi segura de que habría viajado desde Vitoria hasta Miranda de Ebro, la penúltima parada del trayecto, y había subido allí al tren. Sin duda se habría recorrido al menos un par de vagones antes de dar con ella, y después habría tenido que estar atenta para no perder su oportunidad: la única ocasión en la que había ido al baño. Había conocido a Ángela dos años atrás, en uno de sus viajes a la pequeña ciudad de Vitoria para colaborar con la policía local. Por aquel entonces nada era igual, las personas mantenían ciertos derechos que en aquel momento eran impensables. Aun se sorprendía de la rapidez con lo que todo había cambiado. Nunca antes le habían atraído las mujeres, tenía varias amigas homosexuales que siempre la piropeaban pero nunca llego a sentir la curiosidad de explorar ese aspecto de su sexualidad. Pero con Ángela fue diferente, era todo lo que había buscado en sus relaciones heterosexuales. Así que decidió dejarse llevar, pero lo decidió demasiado tarde y la mayor parte de su relación había florecido a la sombra de bares mal iluminados y parques libres de miradas indeseadas.
El sonido de la megafonía informando de la llegada a Vitoria la sacó de sus pensamientos. Recogió su equipaje del compartimiento que había sobre su cabeza y salió a la luz artificial de los fluorescentes que colgaban sobre el techo de chapa de la estación.