24 mar. 2013

Al Otro Lado del Espejo -11 de Febrero, 2013- (segunda parte)


Y como os había comentado en el post anterior, aquí está la segunda parte del primer capitulo: 11 de Febrero, 2013. Que lo disfrutéis.





Aun recuerdo como me sentí al notar el cálido tacto de sus suaves manos sobre mi piel. Un pequeño escalofrío  me recorrió la espina dorsal, un pequeño reflejo de los espasmos que mi cuerpo comenzaba a padecer hacía unos pocos minutos gracias a sus habilidosas manos  y al enloquecedor ritmo de sus caderas al penetrarme una y otra vez. Creo que si me concentro un poco sería capaz de recordar el sabor de sus labios, aunque no nos hayamos vuelto a besar desde aquella noche. Ahora que lo pienso… ese beso  se repetía en cada una de las noches en las que él se hacía con el control de mis sueños, y cada mañana, al despertar entre sabanas revueltas y empapadas en sudor recordaba ese sabor entre dulce y amargo. ¿Cómo es posible que recordara haberle besado y no conseguía hacer lo mismo con su rostro? Es algo que tengo que preguntarle…
No sabría explicar el porqué, pero sentirlo me calmó. Algo en mi interior me repetía una y otra vez que no tenía por qué tener miedo de él. Nunca había conseguido encajar en el mundo, y ahora empiezo a pensar que tal vez se debiera a que tenía una visión del mundo demasiado limitada. 
Aquella noche fue todo confusión y desconcierto, Alex pareció darse cuenta de que, a pesar de tener parte de las piezas en las manos mi limitada percepción me impedía montar el puzle. Me sonrió, con esa misma sonrisa con la que me miraba mi abuelo cuando me frustraba al intentar hacer un truco de magia de esos que él me enseñaba sin conseguirlo, y me llevó de la mano hasta uno de los extremos de la habitación. Tocó la pared y una plancha de unos dos metros de alto por uno de ancho avanzó hacia nosotros para deslizarse hacia un lateral después. Los ojos se me abrieron como platos y Alex me invitó a entrar con un gesto de la mano que le quedaba libre. Entré en un sótano lleno de estanterías y armarios iluminadas por varios focos de luz halógena situados sobre los estantes más altos. Parecía un sótano normal y corriente, de esos que tienen todas las casas de las películas americanas, incluso vi la típica puerta blanca que da paso a las escaleras que llevan a la planta principal. Mi mirada corría por cada estante, saltaba entre los focos intentando ver más allá de las puertas de madera de aquellos armarios. Las estanterías estaban llenas de complementos: gafas de todo tipo, guantes, gorras, collares, pajaritas, corbatas… era como estar en la sala de attrezzo de un teatro. Mi cabeza intentaba descubrir la razón de aquel sótano mientras Alex se movía de aquí para allí abriendo puertas y cajones de armario como si leyera en mi mirada cada uno de mis pensamientos. Lo que contenían los armarios era exactamente lo que yo había imaginado: ropa y más ropa. Uniformes de casi todas las policías del mundo, batas de médico, trajes de todos los colores, bañadores, pantalones y jerséis anchos, disfraces de casi todo lo que pudiera imaginar… en los cajones estaba la ropa interior, los tangas, los bóxers… Tengo la sensación de que si quisiera disfrazarme o vestirme de cualquier cosa que se me ocurriera me sería relativamente fácil encontrar todo lo necesario en aquel sótano. Cientos de preguntas se agolparon en mi cabeza tras ver semejante despliegue logístico, creo que en vez de menguar ese número ha ido aumentando hasta el día de hoy, y no era capaz de decidirme por una para elegirla como la primera. Él se adelantó a mis pensamientos, una vez más, y regresó a mi lado. Puso una mano sobre mi hombro desnudo y aquella sensación de calma que experimenté la primera vez que me tocó volvió a mí. Hasta ese momento no me había percatado de que seguía completamente desnuda y mis manos se abalanzaron para intentar tapar mis pechos y mi pubis, pero él se adelantó para impedírmelo y yo le dejé. Ahora me doy cuenta de lo absurdo de mi repentino pudor pues eran muchas las ocasiones en las que Alex había contemplado mi desnudez, de hecho en más de un sueño había sido él mismo el encargado de deshacerse de mi ropa. A pesar de ello noté como el rubor calentaba mis mejillas pero me obligué a olvidarme de ello, al fin y al cabo resultaba un detalle insignificante teniendo en cuenta que todo aquello había empezado como un simple sueño y que ahora resultaba de lo más real. 

- Imagino que tendrás muchas preguntas que hacerme –se sentó en un puf de los que había en el centro del sótano, yo ocupé el otro-, pero me temo que ahora mismo no puedo, tal vez ni sabría, contestar a todas. Así que hagamos un trato: piensa en la pregunta a la que más te interese que conteste y cuando acabe la noche intentaré contestar al resto.

No sabía que preguntar, había tanto sobre lo que quería saber, tantas preguntas agitadas en mi mente por la curiosidad y el desconocimiento que me resultaba imposible elegir tan solo una. Cada vez que creía tenerlo claro una nueva pregunta se anteponía y volvía al principio.

- ¿Por qué solo puedes contestarme a una pregunta? –me pareció una pregunta tan absurda entonces como me lo parece mientras la escribo aquí-.
- Curiosa pregunta. Creo recordar que la última persona que llegó aquí tardó cerca de media hora en hacer una pregunta –se puso en pie y se dirigió a uno de los armarios que tenía detrás-. Está bien, toma, ponte esto y te contestaré por el camino.
- ¿Por el camino a donde? –aquella noche no iba a dejar de sorprenderme tan fácilmente, cogí la ropa que me ofrecía y me la puse sin pensarlo demasiado.
- ¡Ya van dos preguntas eh! Es mejor que lo veas por ti misma, puede incluso que alguna de tus pregunta se conteste por sí sola. Por cierto, esos vaqueros te quedan estupendamente bien.

Me guiñó un ojo y me lanzó una última mirada aprobadora antes de volverse hacía la pared de la que habíamos salido. No me había fijado antes pero había un espejo, así que miré mi reflejo en el. Los vaqueros eran de un color azul oscuro que más bien parecía negro, tan ajustados que los notaba como una segunda piel. Llegaban hasta medio tacón dorado de unos zapatos negros que me encajaban como un guante. Una blusa oscura remataba el estilismo que me daba un toque sofisticado que me encantaba. Cuando volví la vista del espejo Alex estaba ya abriendo la puerta camuflada. Mis ojos se desviaron hasta media altura de su cuerpo, él también llevaba puestos unos vaqueros que, a pesar de ser bastante más abiertos de pierna, se ajustaban a su culo. Un culo moldeado y respingón, e increíblemente duro por lo que mis manos habían podido comprobar cuando, en lo que creía mis sueños, mis manos se aferraban a él sin control mientras pequeños espasmos se apoderaban de todo mi cuerpo. Alex se giró y me pilló mirándole, sonrió y me guiñó un ojo mientras con una de sus manos me hacía señas para que me acercara. A aquellas alturas yo ya me había olvidado de cualquier rastro del miedo inicial que había sentido al no estar segura de lo que pasaba. Era algo raro, realmente no había conseguido averiguar qué era lo que estaba pasando, pero mi cabeza comenzaba a ver todo aquello con una normalidad que aun a día de hoy  no me es posible explicar. Se había metido una camisa negra por dentro del pantalón y llevaba una jersey rojo que se le ajustaba al torso. Estaba guapísimo con aquella ropa, todo su cuerpo quedaba resaltado en su justa medida haciendo que la mirada de cualquier mujer disfrutara contemplándolo. Me sentí algo rara cuando regresamos a la habitación gris donde había comenzado todo. Un carrusel de imágenes, y posturas sexuales, comenzaron a girar en mi cabeza: las palmas de mis manos apoyadas contra el cristal mientras Alex me penetraba desde atrás, mis caderas moviéndose sobre la caliente piel de sus muslos, su cabeza sumergida entre los míos… tengo que reconocer que mi primer impulso, de lo más primitivo y salvaje, fue tirarme encima suyo para arrancarle la camisa y devorar cada centímetro de su cuerpo. Aun no había tenido la oportunidad de explorar su piel, de pasearme por ella a mi antojo, y esa idea me resultaba de lo más excitante. En todos nuestros encuentros siempre era él quien llevaba las riendas, quien decidía que y cuando se hacía, me moría, y aun me muero, por ser yo quien maneje la situación. Cuando la puerta se cerró detrás nuestro Alex se giró hacía mi.

- Supongo que estarás esperando la respuesta a la pregunta que me hiciste antes –comenzó a decir-, así que es lo primero que haremos. En realidad el motivo de que tan solo pueda contestar a una pregunta es bastante sencillo: ahora mismo no tengo tiempo para más. 
- ¿Qué no tienes tiempo para más? –otras tres preguntas se añadieron a la colección que tenía ya.
- Supongo que tú te dedicas a algo, es decir, tienes un trabajo. Pues aquí no es distinto, solo que nuestros trabajos son algo distintos a los vuestros –dio media vuelta y comenzó a caminar.

Notaba una nueva pregunta subiendo por mi garganta, pero se esfumó en cuanto me di cuenta de hacía donde se dirigía Alex. No puedo creer que la primera vez que estuve en la sala gris no me diera cuenta de que la gran cristalera seguía en una de las paredes de la habitación. Para ser exactos era una de las cuatro paredes, un enorme cristal que reflejaba toda la sala.

- Vaya –se quedó mirándome con un gesto entre sorprendido y divertido-, parece que la primera vez no te fijaste demasiado bien en esta habitación. Apostaría a que ahora mismo se te ocurren un par de preguntas más, pero como te he dicho antes no tenemos tiempo, casi se ha dormido ya.
- ¿Quién se ha dormido?, ¿Cómo lo sabes?

Dos preguntas más para la colección que se quedaron en el aire, un aire que se oscureció, igual que toda la habitación, en cuestión de segundos. El gran cristal comenzó a iluminarse con una tenue luz blanca que terminó por hacerse dueña de toda la superficie antes reflectante. Mis ojos tardaron un poco en acostumbrarse a aquella luz tras los primeros instantes de total oscuridad. Noté una presencia a mi izquierda, y uno de los brazos de Alex rodeó mi cintura para acercarme más a él. “Tranquila, no tengas miedo” me susurró al oído, “tú solo déjate llevar”. Quise decirle que no tenía miedo, pero su mano se deslizó hasta mi culo  y lo apretó de tal manera que hizo que me pusiera de puntillas. Lo que pasó a continuación aun me resulta difícil de creer.

1 comentario:

  1. Wooow! Realmente me tienes intrigada con esta historia, y esto no es más que el primer capítulo... No he parado ni un segundo de intentar averiguar qué es lo que de verdad está pasando... Y eso es un punto a tu favor porque me has tenido pendiente de cada palabra y de la siguiente para tratar de desvelar algo que me pueda ayudar a saber que está ocurriendo... Espero ansiosamente el siguiente capítulo...

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