18 jun. 2011

Una Pequeña Historia

Hubo en cierto tiempo un joven caballero
  Ante el que el mismo miedo temblaba
Honesto y sincero en el habla,
Y sin escatimar valor alguno en la batalla
Que se encamino sin saberlo en muy singular batalla
Al caer presa su alma de la belleza de una dama.

Camina a su lado fiel su escudero,
Menudo y estilizado cual florero, que
Apenado por el peso que su alma lastra
Y en su afán por filosofía y poesía
Recuerda cierta melodía que así cantaba:

“Corren por su melena sedosa los traviesos vientos del norte,
Se encienden en sus ojos las estrellas de occidente,
Prenden sus labios el cielo rojizo que se alza al alba
y su voz dulce y aterciopelada las dulces sirenas acalla.
Dime luna, tú que conoces mi angustiosa pena, dime de ella
Si su corazón está cubierto de escarcha de algún amor pasado
O si por el contrario es su alma la que conmigo sueña.”

- Que razón tenía, querido a migo, el poeta
Pues dos cosas son bien ciertas:
Sin alma no es posible amar,
Y amando es constante la pena.

- ¿Decís mi señor que el amor es una pena?
Aseguráis que la cordura desaparece
Y el corazón quema, más…
¿no es el amor en el que centráis vuestra ofensa,
El que la vida alegra?
- Es cierto que cuando ella sonríe el alma se sosiega
y no te niego que con el roce de su piel el corazón altera,
pero cuando sus labios hablan…
¡es la mente la que envenena!

Sus ojos se clavan en mi, hiriéndome en lo más profundo de mi ser haciendo que mi mundo se tambalee…
Y yo no sé qué hacer.
Todo lo he probado, pregúntale a la noche si de esto dudas albergas
Pues en su manto me he ocultado más tiempo del que sospechas.

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