14 oct. 2012

huellas de melancolía


Caminamos, y a cada paso que damos descartamos
distintos posibles futuros pasados.
Dejamos de lado aquello ajeno para centrarnos en lo cercano,
en lo que tenemos más a mano;
elegimos aquello en lo que sabemos que podremos volcarnos.

Caminamos y caemos, pero aprendemos a levantarnos,
a concentrar las fuerzas y limitar esas grietas
que agrietan nuestras manos cuando nos afanamos
en demostrar si todas esas miradas son ciertas.

Elegimos marcar las arenas de nuestro tiempo
con las huellas de aquellos que nos acompañan,
y con sus recuerdos fabricamos sueños más altos que cualquier muralla
olvidando que necesitamos una puerta por si tenemos que salir corriendo.
Albergamos esperanzas mientras esperamos ser esperados
Como esa sonrisa que despunta al alba y apacigua el alma;
desesperamos por esperas que ni llegan ni llevan a nada
y que consumen el incendio de sentimientos que debería ser la vida
cubriendo después con melancolía nuestras esperanzas quemadas.

Esa melancolía que se convierte en el cubito de hielo
que se mantiene a flote en vasos llenos de noches,
esa amante turbia que oscurece nuestros días
y consigue amargar con su beso nuestra saliva.
Esa pena que se mantiene amarrada a la pupila
y convierte en disidente cualquier sentimiento de alegría.
Pero el eco de nuestras almas es más fuerte cuando acecha el alba,
y entonces es cuando escuchamos ese viento susurrar esas palabras
que nuestros sueños tanto agradecen:

Ten presente el regalo del mañana que te ofrece la oportunidad de ser más valiente.

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