24 mar 2013

Al Otro Lado del Espejo -11 de Febrero, 2013- (segunda parte)


Y como os había comentado en el post anterior, aquí está la segunda parte del primer capitulo: 11 de Febrero, 2013. Que lo disfrutéis.





Aun recuerdo como me sentí al notar el cálido tacto de sus suaves manos sobre mi piel. Un pequeño escalofrío  me recorrió la espina dorsal, un pequeño reflejo de los espasmos que mi cuerpo comenzaba a padecer hacía unos pocos minutos gracias a sus habilidosas manos  y al enloquecedor ritmo de sus caderas al penetrarme una y otra vez. Creo que si me concentro un poco sería capaz de recordar el sabor de sus labios, aunque no nos hayamos vuelto a besar desde aquella noche. Ahora que lo pienso… ese beso  se repetía en cada una de las noches en las que él se hacía con el control de mis sueños, y cada mañana, al despertar entre sabanas revueltas y empapadas en sudor recordaba ese sabor entre dulce y amargo. ¿Cómo es posible que recordara haberle besado y no conseguía hacer lo mismo con su rostro? Es algo que tengo que preguntarle…
No sabría explicar el porqué, pero sentirlo me calmó. Algo en mi interior me repetía una y otra vez que no tenía por qué tener miedo de él. Nunca había conseguido encajar en el mundo, y ahora empiezo a pensar que tal vez se debiera a que tenía una visión del mundo demasiado limitada. 
Aquella noche fue todo confusión y desconcierto, Alex pareció darse cuenta de que, a pesar de tener parte de las piezas en las manos mi limitada percepción me impedía montar el puzle. Me sonrió, con esa misma sonrisa con la que me miraba mi abuelo cuando me frustraba al intentar hacer un truco de magia de esos que él me enseñaba sin conseguirlo, y me llevó de la mano hasta uno de los extremos de la habitación. Tocó la pared y una plancha de unos dos metros de alto por uno de ancho avanzó hacia nosotros para deslizarse hacia un lateral después. Los ojos se me abrieron como platos y Alex me invitó a entrar con un gesto de la mano que le quedaba libre. Entré en un sótano lleno de estanterías y armarios iluminadas por varios focos de luz halógena situados sobre los estantes más altos. Parecía un sótano normal y corriente, de esos que tienen todas las casas de las películas americanas, incluso vi la típica puerta blanca que da paso a las escaleras que llevan a la planta principal. Mi mirada corría por cada estante, saltaba entre los focos intentando ver más allá de las puertas de madera de aquellos armarios. Las estanterías estaban llenas de complementos: gafas de todo tipo, guantes, gorras, collares, pajaritas, corbatas… era como estar en la sala de attrezzo de un teatro. Mi cabeza intentaba descubrir la razón de aquel sótano mientras Alex se movía de aquí para allí abriendo puertas y cajones de armario como si leyera en mi mirada cada uno de mis pensamientos. Lo que contenían los armarios era exactamente lo que yo había imaginado: ropa y más ropa. Uniformes de casi todas las policías del mundo, batas de médico, trajes de todos los colores, bañadores, pantalones y jerséis anchos, disfraces de casi todo lo que pudiera imaginar… en los cajones estaba la ropa interior, los tangas, los bóxers… Tengo la sensación de que si quisiera disfrazarme o vestirme de cualquier cosa que se me ocurriera me sería relativamente fácil encontrar todo lo necesario en aquel sótano. Cientos de preguntas se agolparon en mi cabeza tras ver semejante despliegue logístico, creo que en vez de menguar ese número ha ido aumentando hasta el día de hoy, y no era capaz de decidirme por una para elegirla como la primera. Él se adelantó a mis pensamientos, una vez más, y regresó a mi lado. Puso una mano sobre mi hombro desnudo y aquella sensación de calma que experimenté la primera vez que me tocó volvió a mí. Hasta ese momento no me había percatado de que seguía completamente desnuda y mis manos se abalanzaron para intentar tapar mis pechos y mi pubis, pero él se adelantó para impedírmelo y yo le dejé. Ahora me doy cuenta de lo absurdo de mi repentino pudor pues eran muchas las ocasiones en las que Alex había contemplado mi desnudez, de hecho en más de un sueño había sido él mismo el encargado de deshacerse de mi ropa. A pesar de ello noté como el rubor calentaba mis mejillas pero me obligué a olvidarme de ello, al fin y al cabo resultaba un detalle insignificante teniendo en cuenta que todo aquello había empezado como un simple sueño y que ahora resultaba de lo más real. 

- Imagino que tendrás muchas preguntas que hacerme –se sentó en un puf de los que había en el centro del sótano, yo ocupé el otro-, pero me temo que ahora mismo no puedo, tal vez ni sabría, contestar a todas. Así que hagamos un trato: piensa en la pregunta a la que más te interese que conteste y cuando acabe la noche intentaré contestar al resto.

No sabía que preguntar, había tanto sobre lo que quería saber, tantas preguntas agitadas en mi mente por la curiosidad y el desconocimiento que me resultaba imposible elegir tan solo una. Cada vez que creía tenerlo claro una nueva pregunta se anteponía y volvía al principio.

- ¿Por qué solo puedes contestarme a una pregunta? –me pareció una pregunta tan absurda entonces como me lo parece mientras la escribo aquí-.
- Curiosa pregunta. Creo recordar que la última persona que llegó aquí tardó cerca de media hora en hacer una pregunta –se puso en pie y se dirigió a uno de los armarios que tenía detrás-. Está bien, toma, ponte esto y te contestaré por el camino.
- ¿Por el camino a donde? –aquella noche no iba a dejar de sorprenderme tan fácilmente, cogí la ropa que me ofrecía y me la puse sin pensarlo demasiado.
- ¡Ya van dos preguntas eh! Es mejor que lo veas por ti misma, puede incluso que alguna de tus pregunta se conteste por sí sola. Por cierto, esos vaqueros te quedan estupendamente bien.

Me guiñó un ojo y me lanzó una última mirada aprobadora antes de volverse hacía la pared de la que habíamos salido. No me había fijado antes pero había un espejo, así que miré mi reflejo en el. Los vaqueros eran de un color azul oscuro que más bien parecía negro, tan ajustados que los notaba como una segunda piel. Llegaban hasta medio tacón dorado de unos zapatos negros que me encajaban como un guante. Una blusa oscura remataba el estilismo que me daba un toque sofisticado que me encantaba. Cuando volví la vista del espejo Alex estaba ya abriendo la puerta camuflada. Mis ojos se desviaron hasta media altura de su cuerpo, él también llevaba puestos unos vaqueros que, a pesar de ser bastante más abiertos de pierna, se ajustaban a su culo. Un culo moldeado y respingón, e increíblemente duro por lo que mis manos habían podido comprobar cuando, en lo que creía mis sueños, mis manos se aferraban a él sin control mientras pequeños espasmos se apoderaban de todo mi cuerpo. Alex se giró y me pilló mirándole, sonrió y me guiñó un ojo mientras con una de sus manos me hacía señas para que me acercara. A aquellas alturas yo ya me había olvidado de cualquier rastro del miedo inicial que había sentido al no estar segura de lo que pasaba. Era algo raro, realmente no había conseguido averiguar qué era lo que estaba pasando, pero mi cabeza comenzaba a ver todo aquello con una normalidad que aun a día de hoy  no me es posible explicar. Se había metido una camisa negra por dentro del pantalón y llevaba una jersey rojo que se le ajustaba al torso. Estaba guapísimo con aquella ropa, todo su cuerpo quedaba resaltado en su justa medida haciendo que la mirada de cualquier mujer disfrutara contemplándolo. Me sentí algo rara cuando regresamos a la habitación gris donde había comenzado todo. Un carrusel de imágenes, y posturas sexuales, comenzaron a girar en mi cabeza: las palmas de mis manos apoyadas contra el cristal mientras Alex me penetraba desde atrás, mis caderas moviéndose sobre la caliente piel de sus muslos, su cabeza sumergida entre los míos… tengo que reconocer que mi primer impulso, de lo más primitivo y salvaje, fue tirarme encima suyo para arrancarle la camisa y devorar cada centímetro de su cuerpo. Aun no había tenido la oportunidad de explorar su piel, de pasearme por ella a mi antojo, y esa idea me resultaba de lo más excitante. En todos nuestros encuentros siempre era él quien llevaba las riendas, quien decidía que y cuando se hacía, me moría, y aun me muero, por ser yo quien maneje la situación. Cuando la puerta se cerró detrás nuestro Alex se giró hacía mi.

- Supongo que estarás esperando la respuesta a la pregunta que me hiciste antes –comenzó a decir-, así que es lo primero que haremos. En realidad el motivo de que tan solo pueda contestar a una pregunta es bastante sencillo: ahora mismo no tengo tiempo para más. 
- ¿Qué no tienes tiempo para más? –otras tres preguntas se añadieron a la colección que tenía ya.
- Supongo que tú te dedicas a algo, es decir, tienes un trabajo. Pues aquí no es distinto, solo que nuestros trabajos son algo distintos a los vuestros –dio media vuelta y comenzó a caminar.

Notaba una nueva pregunta subiendo por mi garganta, pero se esfumó en cuanto me di cuenta de hacía donde se dirigía Alex. No puedo creer que la primera vez que estuve en la sala gris no me diera cuenta de que la gran cristalera seguía en una de las paredes de la habitación. Para ser exactos era una de las cuatro paredes, un enorme cristal que reflejaba toda la sala.

- Vaya –se quedó mirándome con un gesto entre sorprendido y divertido-, parece que la primera vez no te fijaste demasiado bien en esta habitación. Apostaría a que ahora mismo se te ocurren un par de preguntas más, pero como te he dicho antes no tenemos tiempo, casi se ha dormido ya.
- ¿Quién se ha dormido?, ¿Cómo lo sabes?

Dos preguntas más para la colección que se quedaron en el aire, un aire que se oscureció, igual que toda la habitación, en cuestión de segundos. El gran cristal comenzó a iluminarse con una tenue luz blanca que terminó por hacerse dueña de toda la superficie antes reflectante. Mis ojos tardaron un poco en acostumbrarse a aquella luz tras los primeros instantes de total oscuridad. Noté una presencia a mi izquierda, y uno de los brazos de Alex rodeó mi cintura para acercarme más a él. “Tranquila, no tengas miedo” me susurró al oído, “tú solo déjate llevar”. Quise decirle que no tenía miedo, pero su mano se deslizó hasta mi culo  y lo apretó de tal manera que hizo que me pusiera de puntillas. Lo que pasó a continuación aun me resulta difícil de creer.

Al Otro Lado del Espejo -11 de Febrero, 2013- (primera parte)


Hola de nuevo, antes de nada una aclaración para aquell@s a los que puede que os suene este texto. Al ponerme a escribir el segundo capitulo comprendí que no tenía sentido separarlo en dos cuando en realidad todo sucede el mismo día. Lo que encontrareis más abaja, si decidís seguir escribiendo, es una versión alargada del primer texto de este relato que colgué hace unos días  con algún retoque y nuevo material. He dividido el capitulo en dos post´s para que no ocupe tanto espacio, en el siguiente encontrareis la segunda parte del primer capítulo: 11 de Febrero, 2013. Espero que lo disfrutéis ;)







11 de Febrero, 2013 

Me llamo Silvia y soy un Reflejo. ¿Qué es eso?, esa es una buena pregunta, pero me temo que a día de hoy ni yo misma sabría explicar, sin equivocarme en mucho, lo que realmente son… soy… somos. Siempre se me ha hecho más sencillo entender las cosas si las escribía en un trozo de papel, y eso es lo que estoy haciendo ahora mismo: escribiendo estas líneas, que tal vez nadie lea nunca, para intentar comprender en que exactamente se ha convertido mi vida. 
Pero lo mejor será empezar desde el principio, y en este caso podríamos decir que el principio tuvo lugar hace más o menos tres días.
Tras un largo día soportando clientes pesados que le sacaban fallos hasta a la última de las puntadas de la tapicería de un sofá, o al barnizado de este o aquel mueble de salón, por fin había llegado a casa. Lo primero que hice fue encender el equipo de música del dormitorio, la música siempre me ayudaba  a desconectar de todo más rápidamente. Entré en el baño para abrir el grifo de la bañera y que el agua caliente fuera llenándola; necesitaba ponerme a remojo para que la tensión acumulada se diluyera y se llevara con ella los brotes de ira contenida que algunos de esos clientes me habían provocado. Había ocasiones en las que no creía poder mantener la compostura y me imaginaba a mi misma tirando a esa señorita repipi escaleras abajo o empujando a ese sabelotodo contra la barandilla de la primera planta de la tienda. De momento nada de aquello había sucedido, aunque, de seguir por aquel camino no descartaba que llegara a pasar en un día no demasiado lejano.  Con el tema “feel good” del grupo Gorillaz de fondo me acerqué a la cocina para sacar una botella de vino de la nevera y servirme un generoso vaso que apuré hasta la ultima gota con el primer trago. Decidí que sería mejor llevarme la botella conmigo. Regresé al baño con la bata doblada sobre el antebrazo de la mano que sujetaba la copa vacía y con la otra mano dejé la botella sobre la repisa de la bañera. El agua había llenado la mitad de la bañera, así que me serví otra copa de vino y la apoyé sobre el lavabo. Solté la goma que sujetaba mi pelo y las puntas me hicieron cosquillas al caer libres sobre los hombros. Me quité la camiseta de tirantes y la arrojé al cubo de la ropa sucia, bebí un trago de vino e hice lo mismo con los pantalones negros del uniforme. Me acerqué al espejo para ver más de cerca los dos arañazos que me adornaban el omoplato derecho. Durante todo el día había conseguido mantener a raya los recuerdos sobre la noche anterior, pero al ver aquellas dos marcas en mi espalda la imaginación se hizo con el poder. El vapor que salía del agua caliente de la bañera comenzaba a pegárseme a la piel mientras mi cabeza volaba entre sabanas, bocas, manos y… uñas. Aquellas en concreto, las encargadas de dejar ese recuerdo en su cuerpo, eran de Mónica, una amiga con la que comparto secretos y buenos momentos desde hace ya al menos tres años. Sus ojos apenas se cerraron dos segundos, pero fue mas que suficiente para volver a notar sus uñas aferrándose a mi espalda mientras yo mordía su cuello y notaba como su pulso se aceleraba bajo mis labios. Abrí los ojos y me pareció ver como una sombra cruzaba el espejo. Parpadeé y limpié el vaho del cristal  con la palma de la mano. Unas cuantas gotas corrieron por el dorso de mi mano antes de precipitarse al vacio. Allí no había nadie. Me aparté el pelo de la cara y cerré el grifo de la bañera. Dejé que la ropa interior cayera al suelo y con el dedo gordo del pie comprobé que el agua no estaba demasiado caliente. 
Notaba como todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo comenzaban a relajarse, me sumergí bajo el agua y después de apartarme un mechón de pelo de la boca terminé con el vino que quedaba en la copa. Las notas que salían de los altavoces de la habitación llenaban el poco espacio que el calor acumulado en el baño dejaba, se mezclaba con el vapor que ascendía del agua e inundaba mis oídos para sumergir mis sentidos en una calma casi completa. Recosté la nuca sobre la toalla de mano que había doblado a modo de almohada y mis ojos comenzaron a cerrarse lentamente. Entonces algo rozó mis labios y abrí los ojos sobresaltada. 
Ya no estaba en mi cuarto de baño, dudaba incluso de que estuviera en mi casa. Pero, ¿Cómo era aquello posible? La respuesta más lógica era que me había quedado dormida y estaba soñando.  Aun así algo no me cuadraba. Cuando soñamos, al menos en lo que a mí respecta, no somos conscientes de que lo estamos haciendo. Pero yo tenía la certeza de estar sumergida en un sueño, o eso o alguien habían entrado en mi casa, me había secuestrado y me había llevado a cualquier otro lugar. Y esa opción me parecía una autentica locura teniendo en cuenta que mis parpados habían estado cerrados apenas unos segundos. Todo a mí alrededor estaba prácticamente a oscuras, estaba en lo que parecía ser una pequeña habitación. Frente a mí una gran cristalera dejaba ver una sala mucho más grande iluminada por candelabros y faroles de aceite. Por algún motivo aquella luz no conseguía penetrar en el lugar en el que me encontraba. Mi mirada corría de un lado a otro intentando adivinar lo que sucedía cuando unas manos se deslizaron por mi cintura para posarse sobre los muslos. ¡Estaba completamente desnuda! Me parecía mentira no haberme dado cuenta hasta entonces y la curiosidad dejó paso a un breve ataque de miedo, pero, por extraño que parezca, no intenté deshacerme del tacto de aquellas suaves manos. Sus dedos dibujaban ochos sobre mi piel mientras yo seguía allí sentada, con la mirada perdida en la sala de enfrente. Unos cuantos tabiques de más o menos un metro de altura la dividían en pequeños cubículos, cada uno de ellos con un sofá negro y una butaca granate enfrentados. Forcé un poco más la vista y los ojos se me abrieron como platos. Tanto los sofás como las butacas estaban ocupados por mujeres y hombres que cubrían sus rostros con antifaces de distintos colores. Las manos que ahora acariciaban mis ingles, sin que me hubiera percatado de que mis piernas estaban ahora abiertas, se habían encargado de barrer cualquier retal de miedo que pudiera quedarme. Ahora tan solo sentía algo de pudor mezclado con timidez, pero esos sentimientos también se esfumaron, justo en el momento en el que uno de esos desconocidos dedos sobrevolaba mi clítoris. Sabía que la gente de la otra sala no podía verme, o vernos, aquel sueño no era nuevo para mí. Así que me dejé hacer. Dos de sus dedos bailaban entre mis piernas, tentando al calor que comenzaba a consumirme para que hiciera que mi cuerpo bailara con ellos. Y mi cuerpo quería bailar, mis piernas se abrieron un poco más y mi cabeza se echó hacia atrás. Aquello pareció ser la señal para que una de las manos se abriera paso por la piel de mi estomago hasta mis pezones. Se los encontró duros, pero parecía empeñada en endurecerlos aun más. Un par de subes pellizcos me hicieron morderme el labio para no gritar y mis piernas se tensaron lo justo para hacer que mi culo se elevara unos centímetros del asiento de la silla. Él lo aprovechó para deslizar la otra mano en ese pequeño espacio y agarrar mi culo. Terminó de ponerme en pie y me dio la vuelta como si no pesara más que una pluma. Nunca había tenido oportunidad alguna de pronunciar palabra antes de que sus labios sellaran mi boca en un beso tan apasionado que a los pocos segundos comenzaba a notar como si me faltara el aire. En aquel sueño corrí la misma suerte. Separé los labios para dejar paso a su lengua y ella buscó la mía como si en encontrarla se jugara la vida. Aquel sabor… aquella mezcla entre dulce y amargo que desprendían sus labios me emborrachaba, hacia que mi cuerpo se rindiera a él y a sus deseos. Tampoco puedo decir que me dejara más alternativa, sus brazos me rodeaban, me envolvían como si fuera dos veces yo, y mi culo permanecía prisionero de sus manos. Siempre tenía la sensación de que sería capaz de levantarme sin apenas esfuerzo.  Así lo hizo, a diferencia de en los otros sueños, sujetó con firmeza mis glúteos y me elevó para dejarme caer después muy despacio sobre su pene. Me sorprendía la facilidad con la que conseguía hacer que mis muslos se empaparan. Entraba en mí como si conociera mi cuerpo mejor que yo misma, yo arqueé la espalda y gemí sin poder contenerme. En aquel momento me acordé de los hombres y mujeres de la otra sala y giré el cuello para mirarlos. Sabía que podían escucharme, puede que el cristal no les permitiera ver más que unas sombras moviéndose al compás, pero aquella habitación contaba con micrófonos que mandaban el sonido a unos altavoces que colgaban de los tabiques al otro lado. Todas las miradas estaban fijas en el cristal, sin duda mi gemido había llamado su atención. Hasta aquel momento no me había fijado, pero todos ellos estaban en ropa interior, ellas en provocativos conjuntos de puntillas o transparencias y ellos en calzoncillos tan ajustados que dejaban más bien poco a la imaginación. Más de uno comenzaba ya a acariciar a la persona que tenía al lado, las lenguas comenzaban a recorrer cuellos y el calor comenzaba a subir haciendo que incluso la escasa ropa que llevaban resultara excesiva. Solo me penetró una vez, lo justo para que notara su excitación, su calor mas carnal. Me dejó en el suelo, de espaldas a él. Notaba su respiración en la nuca, erizándome los pelos mientras me ayudaba a inclinarme hasta llegar a apoyarme en el respaldo de la silla. Su respiración se paseó por mi espalda hasta perderse a la altura de la cintura. Dejé de sentirlo durante unos segundos, tiempo que aproveché para que mi vista se recreara en los cuerpos desnudos que se contoneaban al otro lado del espejo. En el sofá más cercano a mí una mujer rubia, de unos cuarenta años, balanceaba sus caderas sobre los muslos de un hombre de pelo castaño que aferraba sus manos al culo de ella. En la butaca de enfrente una pelirroja con una máscara veneciana apoyaba sus muslos sobre los brazos de piel granate para ofrecerse mejor a un joven que buceaba entre sus piernas. Dos sofás más allá dos hombres penetraban a una mujer de piel morena que gemía de tal manera que me parecía tenerla justo a mi lado. Unas butacas hacia la derecha dos mujeres entrelazaban sus piernas y sus sexos y sus caderas comenzaban a agitarse con una sincronización que me hacía dudar de que aquella fuera la primera vez que aquellas pieles se sentían. Un hombre al que comenzaba a faltarle demasiado pelo para poder disimular una inevitable calvicie se masturbaba delante de ellas. Al fondo de la sala un hombre gemía descontroladamente, sin duda a punto de estallar, y sin saber porque, mi respiración se acompasó a la suya. Tenía los ojos clavados en la oscuridad que mantenía oculto el final de la sala cuando las manos volvieron a posarse sobre mis muslos. Separó mis piernas dulcemente, recorriendo con sus yemas cada centímetro de ellas y las deslizó sobre mi espalda provocándome un escalofrío. Me incliné hacia delante un poco más, lo justo para ofrecerle mi culo para que volviera a penetrarme. La visión de lo que ocurría en la sala contigua había conseguido que me pusiera aun mas cachonda, tenía ganas de gritar como aquel hombre lo hacía en la oscuridad, o como la mujer de piel morena que no podía hacer más que dejarse llevar por las embestidas de sus dos amantes. El aire comenzaba a oler a  sudor mezclado con las ansias que fluían por mis muslos, y el calor que comenzaba a acumularse allí provocaba que me costara respirar más de lo normal. Moví el culo hacia la derecha y después hacia la izquierda, invitándolo a entrar en mí, tentándolo a fundirse en el infierno que latía entre mis piernas. Él accedió, su pene me penetro tan suavemente que pude notar cada centímetro de su calidez llenándome. Salió para volver a entrar al instante, un poco más fuerte que la primera vez. El sonido de sus muslos al chocar contra mi culo me dejó con ganas de más. Era como si me leyera los pensamientos, como si aquel desconocido me conociera incluso mejor que yo. Levantó mi pierna derecha para apoyarla en su cintura y comenzó a bombear más deprisa mientras la sujetaba por el tobillo. Su otra mano estaba anclada a mi cadera, tirando de mí hacia sus ansias, haciendo  que solo tuviera que preocuparme por mantener el equilibrio con ayuda de la silla; por eso y por no hacerme sangre en el labio de tanto morderlo. En aquella posición era imposible no mirar hacia el espectáculo que ofrecía el cristal de espejo. Las parejas habían cambiado, la mujer de la piel morena estaba ahora lamiendo el musculado torso de un hombre de mediana edad mientras este disfrutaba del manjar que una chica, no mas mayor que yo, de anchas caderas le ofrecía al sentarse sobre su boca. La pelirroja de la máscara veneciana cabalgaba a aquel que antes la había lamido de arriba abajo y uno de los dos hombres que compartían a la mujer de piel morena tenía contra la pared ahora a dos chicas y se turnaba para embestir a una y azotar a la otra haciendo que ambas gimieran y pidieran mas. 
Cerré los ojos, sabía lo que venía a continuación, y aunque la mera idea casi hacía que me corriera, algo en mi interior me empujaba a intentar algo nuevo. Fijarme en las caras de placer de aquellos hombre mientras aquellas desconocidas los cabalgaban, les comían la polla o se abrían de piernas para que las poseyeran a su antojo me había abierto el apetito. Tomé una decisión, y a pesar de no estar segura de poder cambiar algo en un sueño que tantas veces se había repetido antes, comencé a girarme. 
Sus ojos eran una mezcla de sorpresa e incertidumbre, un mechón le cubría uno de ellos, pero el otro dejaba claro que algo no iba como se suponía que debería ir. Aquella mirada me dejó completamente fría, incluso me pareció dejar de oír el bullicio de la habitación del otro lado. Aquello no era real, pero tampoco se trataba de un sueño. 
Ese fue mi principio, al menos el de mi nueva vida. Ahora soy un Reflejo. Ahora sé que siempre ha habido algo más de lo que nos limitamos a ver.
Siempre había tenido la sensación de que existía algo más de lo que nuestros sentidos percibían. En mas de una ocasión se lo había comentado a Mónica, “¿no crees que es todo demasiado…simple?”, le decía, ella sonreía y se lanzaba a mi cuello, “las cosas simples no tienen porque ser malas”, me contestaba ella mientras sus labios me lo demostraban sobre la piel, “por supuesto que no, pero algo me dice que hay muchas cosas que escapan a nuestra comprensión y a nuestra forma de ver el mundo”, ella sujetaba mi cara entre sus manos y, mirándome fijamente a los ojos, zanjaba la discusión con un “a mi me gusta el mundo tal y como es, tal y como se ve desde tu ombligo”.
Tras cada esquina, u oculto entre las sombras que proyectaban los contenedores sobre la acera, mis ojos buscaban algo mas, una señal que me ayudara a cerciorarme de que no estaba loca. Muchos de mis amigos decían que tenía una sensibilidad especial, que era capaz de ver ciertas cosas que a la mayoría de ellos se les escapaba. Si supieran ahora lo acertado de sus afirmaciones… 
Llevo casi una semana aquí, al otro lado del espejo como he comenzado a llamar a este lugar. Aun no se demasiado bien que es este sitio, pero comienzo a hacerme una pequeña idea. Alex, el hombre que hizo que mi cuerpo se estremeciera en tantos sueños, me había estado explicando algunas cosas al respecto. Al parecer yo no estaba muy desencaminada y el mundo era, realmente, mas complicado de lo que la gente creía. “La realidad que tu vives no es la única realidad que existe –me dijo-, quiero decir, tu realidad está compuesta de muchas mas realidades. Pero esas realidades no siempre son visibles, no al menos para toda la gente. Muchos de nosotros teníamos las mismas sensaciones que las que seguramente hayas tenido tú a lo largo de tu vida, percibíamos que las cosas no eran tan simples. Ahí entra en juego la evolución, la capacidad humana para  sobrevivir y adaptar sus necesidades a su entorno. Nuestros antepasados eran capaces de percibir muchas cosas más que nosotros, y eso se debía a un motivo muy simple: sus necesidades vitales eran comer, beber y sobrevivir. El tiempo ha cambiado todo eso. El ser humano comenzó a añadir necesidades irrelevantes e insignificantes a su día a día, y su mente se convenció, con ayuda de una sociedad cada vez mas egocéntrica y consumista, de que cuanto más poseyera mejor y mas cómoda sería su vida. Así pues los hombres y las mujeres le dieron la espalda a esa capacidad de percepción que antaño los había mantenido en constante contacto y equilibrio con todo su mundo y sus mentes se cerraron para ejercer la función de un colador, filtrando solo la pequeña parte de la realidad que necesitaban para seguir adelante”.
Esa conversación me tranquilizó un poco, aunque recordándola ahora  a cualquier otro seguramente le sonara a ciencia ficción. Y es que yo estaba un poco alterada la noche que conocí a Alex, pero teniendo en cuenta que lo creí mi realidad en realidad tan solo era un grano de arena en un inmenso desierto… aun recuerdo lo desconcertada que estaba aquella noche.
Mis ojos miraron más allá del rostro de nariz pequeña y gesto contradictorio que tenía delante. Creo que por un momento dejé de respirar y la sangre se me congeló en las venas. Estábamos en una habitación gris, sin ventanas ni puertas, tan solo paredes grises que iban desde un suelo gris a un techo gris. En el trozo de suelo gris que tenía debajo un pequeño charco de agua mojaba mis pies, y restos de espuma adornaban aquí y allí mi cuerpo desnudo. ¿Realmente había sucedido todo aquello? No estaba  segura ni de donde me encontraba, era la primera vez que veía aquella habitación, era la primera vez que lo veía a él. En ninguno de los sueños anteriores había conseguido escapar del “guión” marcado, y menos aun verle la cara. Mi primera reacción fue pellizcarme para comprobar que aquello no fuera una pesadilla.

- ¿Qué se supone que haces? –dijo al verme como agarraba un trozo de piel del antebrazo entre el índice y el pulgar para retorcerlo-.
- Despertar –contesté con total naturalidad, como si aquello fuera lo más normal del mundo. Volví a pellizcarme-. Se supone que es lo que se hace cuando tienes un mal sueño.
- ¿Este ha sido un mal sueño? –parecía divertido- no parecías pasártelo demasiado mal antes de…
- ¿Antes de que? –por un momento me descontrolé, pero respiré profundamente hasta que recuperé la calma- ¿antes de que desapareciera todo lo que tenía delante de las narices como por arte de magia? ¿Dónde está toda la gente de la otra sala? –mi mano derecha no paraba de remover el viento como intentando palpar algo de todo aquello que se había evaporado en un abrir y cerrar de ojos- ¿Dónde se supone que están?, o mejor dicho, ¿Dónde se supone que estoy yo? y ya que estamos con las preguntas obvias… ¿Quién, o que, se supone que eres tú?
- Mi nombre es Alex. Para ya o terminarás haciéndote daño –se acercó a mí y con total naturalidad separó mis dedos del brazo-. Ves, eso te va a dejar un bonito moratón.

20 mar 2013

...mi reloj...


Hoy el mundo ha girado de nuevo
y mi reloj no me ha avisado,
creo que esta noche acumuló sueño
y por eso aun no se ha despertado.
Así que he salido con lo puesto:
apenas un remiendo en un cuerpo cansado
que tras tantos lavados en frio
de ilusión y esperanza a encogido.


          El tik-tak suena mientras guardo los segundos
          en latas de conservas;
          Se derraman sus arenas
          formando olas en desiertos absurdos…
          … y mi reloj aun no despierta.


Al sastre de sonrisas solo le quedaban algunas a medias,
de esas que se cosechan entre las aceras
y algunos utilizan como disculpa
cuando se descubre que las completas no son honestas.
He comprado media, y a la vuelta de la esquina
me he encontrado con una entera
con un cartel que decía: “busco optimista que me comprenda”.


          El tik-tak suena mientras pasan los minutos
          pero ninguno se queda.
          Todos vuelan
          en busca de un tiempo en el que no sentirse confusos…
          … y mi reloj no despierta.


Sabía que ella era para mí, la quería,
notaba como si la conociera de toda la vida,
sentía que en ella podía estar la salida,
la manera de enderezar una hora torcida
antes de que la curva fuera tal
que se acercara más a un día.


          El tik-tak suena mientras se pierden las horas,
          y el momento llega…
          las agujas se acercan
          en busca de un lugar en el que no estar solas…
          … y mi reloj por fin despierta…


Y es que a veces el tiempo y la realidad
parecen competir como niños pequeños,
y fruto de esa infantil rivalidad
se apoderan de nuestras palabras los silencios
y se nos atraganta esa libertad
que da oxigeno a nuestros sueños.

4 mar 2013

Ser


Ser, del viento susurro que en calma se derrama sobre tu cuello,
o lluvia, y precipitarme sobre cada rincón de tus sueños.

Ser, de la Luna reflejo que bañe tú cuerpo
o deseo de un amanecer obsceno aferrado aún a Morfeo.

Ser, del tiempo mercader y vender segundos a tan alto precio
que con tan sólo un par de ellos pueda acercarme a tú piel.

Ser, y con ser no buscar otra cosa que tentar tu camino
para que, quizás, te conduzca hasta mí alguna vez.

Ser, sin más interés que colarme en tus sueños y abrigarme con ellos,
sin más pretender que acariciar tu mirada y dormir en tus silencios.

Ser, de tus fantasías reflejo perverso que acaricie tus noches
o dueño de tus secretos y recorrerlos sin correr.

Ser, de tus penas verdugo, de tus ansias embudo
y dueño de tu placer.

Que el cielo espere,
que el infierno se congele,
que el tiempo se esconda y la noche me espere,
pues tengo deseos que sólo entienden de pieles.

27 ene 2013

recuerdos...finales y comienzos


-“te quiero”-



   Abrió los ojos en mitad de esa niebla que nos inunda cuando despertamos de una noche agitada. Luchó con el sueño para terminar de abrirlos y enfocar el techo de la habitación. En el descubrió dos tímidos rayos de sol que se colaban entre las laminas de los estores y  jugueteaban a perseguirse alrededor de la lámpara de papel que colgaba del cable. Giró la cabeza hacia la izquierda y el reloj le hizo saber que eran las diez de la mañana. A su lado un vaso de agua permanecía  igual de vacío que la noche anterior, y que la anterior. Volvió a posar la vista en el techo y se frotó los ojos con ambas manos para intentar hacer desaparecer la bruma que entorpecía su vista. Esta vez giró la cabeza hacia la derecha y la vio, sentada a su lado con la espalda apoyada contra el cabecero de la cama. Lo primero que vio fueron sus piernas, aquella bronceada piel que tantas veces había recorrido. Lo único que llevaba puesto era aquel camisón que tanto le gustaba, el morado con unas sutiles transparencias a la altura de sus firmes pechos. No iba maquillada, no le hacia falta. Era perfecta en su naturalidad, con el pelo dorado cayéndole sobre unos hombros tomados por esas pequeñas pecas que le daban un aire juvenil.

-          Buenos días dormilón –su voz lo acarició por dentro y por fuera-, cada día duermes mas.
-          Será  porque cada día tengo menos cosas que hacer…
-          ¿Cómo que tienes menos cosas que hacer? –era como si supiera lo que iba a decir a continuación y no quisiera escuchárselo decir-. A mi me parece que tienes un montón de trabajo por delante.
-          Pero no es justo…
-          Hay muchas cosas que no son justas –tampoco le dejó terminar en aquella ocasión-, y ¿quieres que te diga lo más injusto de todo?

Mikel no quería que su mujer acabara aquella frase. Sabía de sobra que era lo más injusto y le dolía que fuera precisamente ella quien tuviera que recordárselo. Se apoyó en los puños cerrados para incorporarse y acercarse a su cara para besar aquellos labios que tantos amaneceres habían compartido con los suyos. Solo beso aire, aire que daba forma a aquellos labios de los que tantos “te quiero” había escuchado, pero solo aire al fin y al cabo. La dura realidad lo aplastó, apoyó la espalda contra la pared y metió la cabeza entre las manos.

-          Lo más injusto es que ellos tengan que pagar por tu tristeza –Mikel se hundió un poco más, o probablemente lo hubiera hecho si le resultara posible-. Tienes una responsabilidad que yo no puedo compartir contigo ya, pero ellos te necesitan.
-           Lo sé, lo sé –había cosas que no cambiarían, y ella siempre tenía razón-… lo sé. Pero yo también te necesito a ti y ahora ya no te tengo. Eso tampoco es justo.
-          Claro que no es justo, pero aun los tienes a ellos. Y ellos te tienen a ti, y te necesitan ahora más que nunca.
   >>escucha cariño, nada de esto es justo, pero sabias que podía pasar. Los dos éramos conscientes cuando todo esto empezó que era una posibilidad. ¿Recuerdas todos los buenos momentos que pasamos gracias a que decidimos no ceder ni un segundo ante la tristeza y la pena? Esos buenos momentos son los que tienes que recordar, los que tienes que tener presentes a la hora de tirar para delante. Sé que tampoco es justo que te diga todo esto, pero tienes que olvidarte de toda esa tristeza y dejar a un lado la pena para poder vivir momentos tan maravillosos como esos con nuestros hijos. Ellos se lo merecen tanto o más de lo que los merecía yo, seguramente ellos lo hayan tenido peor para hacerse a la idea de que un día no estaría con ellos. Y ha sido tan pronto…  puede que no tenga derecho a pedirte esto, se que ahora mismo lo estas pasando muy mal, pero necesito que lo hagas por mí, cariño –acercó la mano hasta casi tocarle la cara y la movió acariciando el aire que rozaba su mejilla-, necesito que cuides de ellos por los dos<<
-          Tienes todo el derecho del mundo cielo, me hiciste el hombre más feliz del mundo, es lo mínimo que puedo hacer –se levantó de la cama, se colocó un albornoz y se acercó a la cómoda de cinco cajones de color ceniza que estaba junto a la puerta-. Perdóname si no te dije que te amaba con locura en más ocasiones, pero sabes que era así. Sabes que siempre será así.
Tomó el marco que descansaba sobre una de las esquinas de la cómoda, acarició la cara de su mujer y lo besó a través del frio cristal. Devolvió la fotografía a su sitio y salió de la habitación para dirigirse a la cocina.



-“te necesito”-



    La puerta del cuarto de sus padres al cerrarse lo había despertado de un sueño intranquilo.  Desde hacía un par de días le resultaba complicado dormir toda la noche de un tirón. Cuando se despertaba a mitad de la noche encendía la play station y se ponía a jugar para intentar despejar la cabeza  y, con un poco de suerte, conseguir que el sueño regresara a él. En menos de media hora los ojos comenzaban a ponérsele rojos y a cerrarse de cuando en cuando, incluso hubo una mañana en la que despertó con el mando entre las manos. Se levantó de la cama y encendió el sistema de sonido de su iPod. Su mano acaricio mecánicamente la ruleta táctil hasta llegar a la lista de reproducción que buscaba. Entró en la carpeta y buscó entre las más de cuarenta canciones de hip-hop que tenia almacenadas en aquella lista la que quería escuchar. Era un tema llamado “debido al olvido”. Pulsó el play y se sentó en la cama a esperar las primeras notas de la base de piano que conducía la canción. Se miró en el pequeño espejo que colgaba de la pared del cabecero, tenía el pelo corto y negro completamente despeinado. Una delgada línea morada comenzaba a adornar la parte baja de sus ojos marrones debido al poco tiempo que descansaba. Aitor puso una mano entre su reflejo y él en el justo instante en el que las rimas comenzaban a acompañar la melodía creada por el piano y la percusión. Cuando se giró la vio sentada en la silla de ruedas que estaba junto al escritorio. Llevaba el palestino que el mismo le había regalado, siempre le echaba en cara que vestía demasiado serio como para ser su madre, y desde que se lo regaló ella aprovechaba cada oportunidad en la que el trabajo no  le obligaba a llevar traje para ponérselo con una camiseta ancha y unos pantalones vaqueros.

-          Buenos días cariño –le dijo con la misma voz con la que le despertaba cada domingo para desayunar, aquella voz que lo hacía sentirse un niño pequeño a pesar de sus quince años-, veo que esta noche apenas te has despertado.
-          He tenido una pesadilla –Aitor comenzó a vestirse evitando mirarla a los ojos.
-          ¿Qué te pasa hijo? –se puso en pie y dio un paso hacia el-, ¿estás bien?
-          ¿Cómo quieres que este? –no pudo evitar el tono de reproche, se arrepintió al momento y un extraño sentimiento de vergüenza lo recorrió de arriba abajo-, lo siento… yo… te necesito mama –aquellas palabras se le atragantaron.
-          Sshhhh… -se había sentado sobre la cama y con una mano le hacía gestos para que se sentara junto a ella-, no me necesitas desde hace mucho cariño. Mírate, te has hecho todo un hombre. ¿Sabes qué? Tengo que reconocer que tuve mucho miedo de hablarte de mi enfermedad. Daba por hecho que María no entendería demasiado bien lo que me pasaba, pero tú… ya no eras ningún niño, y hoy en día es muy sencillo informarse sobre cualquier cosa en internet… pero decidí que debías saberlo.
   >>y no me equivoqué. Fuiste un gran apoyo para mí desde el principio. ¿Sabes que tu padre tardó un par de días en asimilar todo aquello y que hasta ese momento cada vez que hablaba conmigo tartamudeaba? Pero tú no, tú te levantaste, me abrazaste y me dijiste que me querías. Aquel día no lloraba por el miedo a perderte, si no por ver como mi pequeño se había convertido en todo un hombre delante de mis ojos. Ahora tienes que ser más fuerte que nunca, tienes que ayudar a papa a cuidar de María. Ya sabes que siempre ha sido un poco desastre, y ahora que no estoy yo… me temo que como te descuides alguna noche cenareis una tortilla de patata con crujiente de cascara de huevo…<<

-          Jajaja –el sonido de su risa lo extrañó tanto que se tapó la boca con la mano-, como aquella  vez que se le olvidó quitarles el plástico a las lonchas de queso antes de ponerlas sobre las hamburguesas de la barbacoa…
-          Eso es –la sonrisa de su madre siempre había sido un refugio para él, por muy mal que le hubiera salido el examen de ese día, o después de perder la final del último campeonato de futbol, su sonrisa siempre estaba esperándolo-, hazlo por tu hermana, la pobre lo quiere tanto que se comería las margaritas del campo si tu padre las cocinara…

Aitor volvió a reírse, acarició la colcha que estaba bajo la mano de su madre y se puso en pie. Le dirigió una última mirada a la foto hecha poster que adornaba el cacho de pared junto a la ventana. Su Madre lo sujetaba en brazos, cuando él era aun un bebe, y sonreía mientras el agarraba uno de sus dedos.



-“te echaré de menos”-



    María llevaba un rato despierta, había escuchado a su padre bajar a la cocina y ahora oía la música que salía de la habitación de su hermano mayor. Los rizos rubios le caían sobre los ojos, por lo que no paraba de apartárselos para poder ver la hoja en la que estaba pintando. Era el segundo dibujo que hacia aquella mañana. Últimamente se pasaba pintando mucho tiempo. Papa estaba casi siempre fuera de casa, y cuando volvía ya no hacia bromas, ni se reía cuando le contaba un chiste. Solo la miraba, se paraba delante de ella, la cogía por los brazos y la levantaba hasta que las puntas de sus narices se tocaban y la abrazaba fuerte contra él. A veces veía como una gota le caía por la mejilla mientras la miraba, pero siempre que eso pasaba su padre se daba la vuelta y salía de la habitación. Pasaba casi todo el día con Aitor, pero el también estaba triste. Ya no jugaba con ella a construir castillos con cajas y cojines, ni bailaba cuando aparecía en su habitación con su radio rosa y el CD de los payasos de la tele. Por las noches, cuando papa terminaba de recoger los platos de la cena y se ponía a ver la tele, ellos dos subían a su habitación y Aitor le hablaba de mama hasta que se quedaba dormida. Echaba de menos a su madre. Llevaba cuatro días sin verla. Papa le había dicho que tenía una enfermedad muy mala que no se podía curar, que se había marchado lejos y ahora no podía verla. Pero que su madre siempre estaría vigilándola.

-          ¿Es verdad lo que dice papa? ¿no voy a verte más mama? –se giró para quedarse frente a su madre.
-          Si princesa –la llamó con la mano para que se sentara en una de las pequeñas sillas que había en un rincón del cuarto-. Mama ya no puede estar contigo, pero siempre te estaré viendo, siempre estaré pendiente de mi niña bonita.
-          Entonces –la cara de la pequeña reflejaba su confusión-, ¿ya no tengo mama?
-          Claro que tienes mama –hizo aquel gesto que tanto repetía para apartarle aquel rizo rebelde que se abalanzaba sobre uno de sus ojos negros-, mama siempre estará en tu corazón.
   >>veras princesa, hay veces en las que las personas se ponen malas. Por eso vamos al médico, para que nos diga como curarnos. Pero hay enfermedades que no se pueden curar y entonces las personas se van para no volver. Papa y Aitor están tristes por eso, y hay veces que esa tristeza hace que la gente tarde en volver a ser como era. Pero tranquila, seguro que tú los haces reaccionar rápidamente. Mi niña es la más lista del mundo. ¿Recuerdas cuando tu hermano se puso triste porque su novia ya no era su novia? Pues esto es algo parecido. Cuando alguien a quien queremos se marcha nos duele el corazón, pero eso se pasa. Por eso ahora tienes que darles mucho cariño a papa y a tu hermano. Necesitan que alguien les recuerde que hay que reírse para ser feliz. ¿Lo harás, verdad cariño? Claro que sí. Si tu hermano no se ríe… ¡ya sabes que tiene cosquillas en los pies! Y papa… nunca ha podido evitar reírse cuando le das uno de esos besos de vaca tan famosos<<

-          Tranquila mama –dejó una de sus muñecas en la silla en la que se sentaba su madre a tomar café con ella en sus pequeñas tazas de plástico-, yo haré que se rían. Te quiero, ¿Te acordaras de mi, verdad?

Le dio un beso en la frente a la muñeca, alisó su vestido y bajó a la cocina para desayunar.


-“adiós”-


   Era un día normal en una ciudad normal. Una mañana más en un barrio más. Los primeros rayos de sol bailaban entre las copas de los arboles cuando mientras los pájaros llenaban las primeras horas del día con sus cantos.
Mikel sirvió el desayuno para sus dos hijos mientras Aitor ayudaba a su hermana pequeña a subirse a la silla. Era la primera mañana desde que su mujer muriera en la que no colocaba cubiertos para cuatro. Las últimas tostadas saltaron de la tostadora y las acercó en un plato al centro de la mesa.

-          Mama me ha dicho que tenéis que reíros mas –la frase descolocó a su hermano y a su padre-, así que voy a ser la policía de la risa.
-          ¿La policía de la risa? –su padre miraba a su hermano y este le devolvía la mirada, como si todos compartieran un secretos sin saberlo-, ¿y eso que es?
-          Pues es una policía que detiene a los que no se ríen y les pone multas.
-          Pues entonces me parece que tendremos que reírnos papa –Aitor no lo dudó ni un momento, una vez más su hermana era la más sabia-, yo al menos no tengo dinero para pagar multas.

Todos rieron, juntos. Y sin que el resto lo supiera todos se despidieron de aquella persona tan importante que se había marchado antes de tiempo. Aquel día un final, un “adiós”, se convirtió en un comienzo.

Alguien dijo en una ocasión que no morimos del todo mientras exista alguien que nos recuerde.

6 ene 2013

Capitulo 1


El tren entró en un túnel y las luces del vagón parpadearon un instante antes de encenderse y bañar con su blanca luz los reposacabezas de los asientos. Apenas quedaban media docena de asientos ocupados, y los pasajeros se habían dispersado haciendo uso de todo ese espacio vacio dejado por los pasajeros que ya habían alcanzado su destino. Un joven de unos veinticinco años dormitaba con las piernas sobre el asiento que tenia delante mientras una pareja se afanaba en demostrarse su amor aprovechando la intimidad con la que contaban gracias a las tres filas de asientos que los separaban del pasajero mas cercano, un hombre de pelo cano que parecía de lo mas entretenido con su tablet. Dos asientos a la derecha del hombre canoso y su tablet una madre intentaba mantener en su asiento a una niña cada vez mas ansiosa por llegar a donde quiera que se dirigieran, y detrás de ellas viajaban lo que parecían ser dos estudiantes extranjeros de vacaciones.
Nes había escogido uno de los cuatro asientos de las esquinas, el más alejado de los dos tortolitos,  para recorrer el último tramo del viaje. Nunca le habían gustado demasiado las aglomeraciones, y durante más de la mitad del trayecto aquel vagón había estado más lleno de lo que le hubiera gustado. Pero ahora el silencio volvía a acompañarla, y esa sensación la reconfortaba extrañamente. Se frotó los ojos para deshacerse del cansancio que comenzaba a adormilarla y se levantó para ir al baño. Avanzó entre las filas de asientos apoyando las manos en los reposacabezas para no perder el equilibrio con el contoneo del tren sobre los raíles y salió al pequeño descansillo en el que se unían los vagones. Uno de los dos servicios estaba ocupado, así lo hacia saber el color rojo de la ruleta que se encontraba bajo el picaporte, de modo que se giró para entrar en el otro. Abrió la puerta en el mismo instante en el que el ocupante del otro baño hacia lo mismo y justo en el momento en el que comenzaba a cerrarla un golpe a su espalda la abrió de nuevo y la empujó contra el lavabo. La puerta se cerró rápidamente y cuando intentó darse la vuelta para descubrió  que no estaba sola. Su mano derecha echo mano de una pistola que no llevaba encima, y se maldijo por haberla dejado en el maletín que descansaba al fondo de una de sus maletas. Unas manos sujetaron sus hombros impidiéndole darse la vuelta y quien quiera que estuviera tras ella se encargaba de que su rostro no se reflejara en el espejo contra el que la empujaba. Se retorció e intentó lanzar un par de codazos a las costillas de su atacante, pero fueron en vano. Las manos se desplazaron ágilmente hasta sus muñecas y con un rápido movimiento se las separó para apoyarlas contra la pequeña encimera del lavabo y lo siguiente que notó fueron unos labios en el lóbulo de su oreja, unos cálidos labios que dejaron paso a una lengua que descendió hasta su cuello. Aquello hizo que el temor comenzara a diluirse gracias a una cálida sensación que comenzaba a subirle por el vientre. No sabía como había sucedido, ni cuando, pero una de las manos que sujetaba sus muñecas subía ahora lentamente hacia sus pechos. Tardó apenas dos segundos en retomar el control de su excitado cuerpo y darse cuenta de lo que en realidad estaba sucediendo. Respiró profundamente, mientras aquella mano se afanaba en desabrocharle la blusa, y el olor que le inundo las fosas nasales, dulce como una gominola de mora, confirmó lo que sospechaba.

- No deberías acercarte así a un policía –dijo suavemente mientras giraba su cuerpo y ponía contra la puerta a Ángela- . Si no fuera porque reconocería esa colonia en cualquier parte…-dejó de hablar para saborear de su propio cuello aquella fragancia.
- Lo se –no fue mas que un susurro cortado por un pequeño suspiro-, pero no podía esperar hasta que llegaras, y pensar en hacer esto me excitaba muchísimo.
Le levantó las manos por encima de la cabeza y dejó que  sus dedos bajaran acariciando suavemente la piel de sus brazos mientras sus bocas continuaban en un baile frenético. Dejó una mano allí, apresando las muñecas de Ángela contra el frio metal de la puerta mientras la otra agarraba su pelo para ladearle la cabeza y dejar su cuello al descubierto. Se recreó en el, lamiéndolo hasta desgastar su sabor, mordisqueándolo delicadamente y pegando sus labios a el para reclamarlo como suyo. Notaba el pulso de Ángela acelerarse a través de la piel de su yugular, como sus manos luchaban por quedar libres y sus caderas se contoneaban para intentar encontrarse con su cuerpo. Bajó la guardia por un momento y ella lo aprovechó para intercambiar posiciones. Ahora eran las manos de Nes las que permanecían atrapadas, ancladas contra la pared a la altura de su cintura mientras los labios de Ángela comenzaban una lenta peregrinación desde sus húmedos labios hasta su pecho. Los tres primeros botones del la blusa habían saltado en el primer forcejeo por lo que los pechos de Nes solo quedaban cubiertos hasta la mitad por la blanca tela del sujetador y la lengua de Ángela parecía empeñada en llegar aun mas allá. Nes agachó la cabeza para intentar aferrarse a sus labios pero solo encontró aire. Había conseguido desabrocharle dos botones más de la blusa y bajar el sujetador lo justo para que sus pezones quedaran al descubierto. Su lengua juguetearon con ellos hasta conseguir ponerlos bien duros, notaba sus dientes dándole pequeños bocados que la obligaban a morderse el labio para no gritar. Tenía las manos libres desde hacia algún rato ya y solo pudo posarlas sobre el oscuro pelo de aquella cabeza que no dejaba de bajar mas y mas, de lamer con mas y mas ímpetu, de besar con mas y mas pasión a cada centímetro de piel que devoraba con su boca. Cuando quiso darse cuenta tenia los pantalones a la altura de los tobillos y aquellos carnosos y calientes labios se abrían paso hacia sus ingles ayudadas por unas manos que separaban sus muslos fuertemente. Poco le costó llegar allí donde Nes sentía un calor tan intenso que parecía consumirla por dentro. Ángela hacía y deshacía a su antojo, sus manos iban y venían de sus muslos a su culo y comenzaba a notar las pulsaciones de su amante en la lengua mientras dibujaba círculos a lo largo de  ambos muslos.
El calor comenzaba a hacer que el espejo del pequeño baño se empañara y que el sudor de Ángela se pegara al cuerpo desnudo de Nes. Las caricias recorrían ambos cuerpos, los besos cubrían cada palmo de piel y las lenguas describían giros inesperados en el ombligo para ir en busca de ese gemido que uniera sus placeres en un mismo orgasmo. Las manos de Ángela se encargaron de desempañar el espejo al obligarla Nes a inclinarse sobre él. Se colocó detrás de ella y pegó sus muslos a aquel culo que la volvía loca. Su tacto suave la aceleraba y hacia crecer sus ganas de oírla gritar, de verla tensarse de placer. Acarició su espalda, comenzando en su cintura y terminando en la nuca y deshizo su camino para terminar agarrando su culo y apretándolo de tal manera que Ángela tuvo que ponerse de puntillas. Separó sus muslos y pasó uno de sus brazos entre ellos para sentir toda su humedad, para notar como enloquecía con cada nueva pasada de los dedos por su clítoris. El movimiento del tren era más notable en aquellas zonas que servían de unión entre vagones, justo donde se encontraban los servicios, por lo que el movimiento de sus dedos era aun más fluido. No dejaba de penetrarla con sus dedos, de hacer que sus piernas se tensaran a medida que la mano se le mojaba más y mas. Ángela no tardó en explotar en un orgasmo que sin lugar a dudas se habría escuchado en los vagones adyacentes, hecho que excitó aun mas a Nes. Giró a su amante agarrándola de la cintura y cortó sus jadeos con un beso que la hizo estremecer, la apartó y se subió a la encimera del lavabo apoyando uno de los pies sobre la pared y ofreciendo todo su cuerpo a Ángela. Esta no tardó en aceptar semejante bocado y tras pasar la lengua por sus labios en busca del sabor de la boca de Nes se arrodilló frente a ella y posó la suya en su muslo. Comenzó a morder, primero inocentemente, hasta llegar a hacerla soltar un discreto grito, mitad placer, mitad dolor. Nes separó su cabeza y la miró a los ojos mientras ella dejaba asomar una sonrisa de lo más perversa. Agitó la cabeza para deshacerse de las manos que la sujetaban y la hundió en su entrepierna haciendo que sus manos se aferraran con fuerza a la encimera. Su lengua se movía increíblemente rápido en su interior, llenando sus ingles de una humedad que Ángela no dejaba de saborear. Intentó levantarla, quería besarla y notar el calor de esos carnosos labios, pero ella no estaba por la labor y consiguió separar sus manos para que la dejara hacer. Las contracciones no tardaron en aparecer en su vientre  y poco después un intenso orgasmo sacudió todo su cuerpo provocando que su espalda se arqueara.

- Debemos de estar llegando a Vitoria –le dijo mientras intentaba que las piernas no le fallaran al bajarse del lavabo-, tengo que coger mi equipaje.
- Mmm… seguro que me da tiempo a hacer que tiembles otra vez antes de que anuncien la parada –Ángela se había enroscado a su cintura y besaba su cuello.
- No empieces –la detuvo con un beso inocente-, me están esperando en la estación. No deberías haber venido, sabes que podríamos meternos en un lio si Roberto o cualquier otro llegara a descubrirnos.
- Lo sé, lo sé –dijo en el tono más aburrido que pudo-. Pero reconoce que has disfrutado. Espero verte pronto.
Se despidió pasando la lengua a lo largo de sus labios y salió del servicio, no sin antes comprobar que no hubiera nadie fuera.
Nes se recompuso lo mejor que pudo e intentó peinar la maraña de pelo pelirrojo con sus dedos. Se lavó la cara para rebajar la temperatura corporal y se llegó a su asiento justo a tiempo para ver como el tren entraba en la estación de Vitoria. Las imágenes del encuentro con Ángela no se le iban de la cabeza. Estaba casi segura de que habría viajado desde Vitoria hasta Miranda de Ebro, la penúltima parada del trayecto, y había subido allí al tren. Sin duda se habría recorrido al menos un par de vagones antes de dar con ella, y después habría tenido que estar atenta para no perder su oportunidad: la única ocasión en la que había ido al baño. Había conocido a Ángela dos años atrás, en uno de sus viajes a la pequeña ciudad de Vitoria para colaborar con la policía local. Por aquel entonces nada era igual, las personas mantenían ciertos derechos que en aquel momento eran impensables. Aun se sorprendía de la rapidez con lo que todo había cambiado. Nunca antes le habían atraído las mujeres, tenía varias amigas homosexuales que siempre la piropeaban pero nunca llego a sentir la curiosidad de explorar ese aspecto de su sexualidad. Pero con Ángela fue diferente, era todo lo que había buscado en sus relaciones heterosexuales. Así que decidió dejarse llevar, pero lo decidió demasiado tarde y la mayor parte de su relación había florecido a la sombra de bares mal iluminados y parques libres de miradas indeseadas.
El sonido de la megafonía informando de la llegada a Vitoria la sacó de sus pensamientos. Recogió su equipaje del compartimiento que había sobre su cabeza y salió a la luz artificial de los fluorescentes que colgaban sobre el techo de chapa de la estación.

22 nov 2012

Carta de navidad


Querido Olentzero, Papá Noel y Reyes Magos, 

os escribo a los tres porque este año quiero pediros algunas cosas un poco complicadas, pero no imposibles, y porque creo que juntos se consiguen más cosas que por separado. 
Este año he sido muy bueno, o todo lo bueno que me han dejado ser. He intentado ser amable con todo el mundo a pesar de que el mundo cada día es menos amable; he procurado ayudar a los que han pasado por mi vida, aunque algunos ya no estén a mi lado; he ayudado a los pequeños comerciantes de mi barrio para que pudieran hacer frente a la crueldad de las grandes superficies. Acudí a más de una manifestación en las que grité a pleno pulmón que mis derechos, y los del resto no pueden estar sujetos a lo que dicten los mercados. He luchado por abrir los ojos de aquellos que se dejan engatusar por huecas palabras escritas en prensa o dichas por los medios de desinformación... Por todo ello quiero pediros lo siguiente:

- Para mi hermana un profesor que pueda enseñarle todo lo que me enseñaron a mí en la educación pública.

- Para mi madre que un médico que pueda atenderla sin decirle que esas pruebas ya no las cubre la seguridad social.

- Para mi hermano un trabajo digno, de esos que supuestamente iba a crear la reforma laboral.

- Para mi abuela que no le recorten una pensión que ya de por su casi no le da para repagar sus recetas médicas.

- Para mi novia un respiro de la banca para que no tenga que vivir acechada por la larga sombra de los desahucios.

- Valor para que las mujeres denuncien a aquellos hombres se empeñan en degradarlas física y psicológicamente. 

Por último, para mí, te pido un abogado que me defienda sin tener que vender un riñón para pagarlo, porque sí no consigo lo anterior seguramente lo necesite la próxima vez que salga a la calle a luchar por mis derechos.

P.D. Hay una última cosa que me gustaría pediros: libertad y justicia para Gaza.